Hay formas erróneas de aferrarse a las cosas, las situaciones o las personas. O todo ello en uno. Una de ellas es adquirir el hábito de martirizarse constantemente.
El placer que la autoflagelación evoca (consciente o inconsciente) es como una raíz que se expande continuamente por debajo de la tierra. Al final se vuelve costumbre, y poco a poco se va incrustando sin que uno se dé cuenta.
Existen aquellos que se laceran la piel; la lastiman o incluso la cercenan con tal de producir una sensación de placer o satisfacción, algo que va ligado con lo sexual, y llevan a cabo prácticas que podrían resultar enfermas para quienes no las comprenden (porque increíblemente hay gente que les da cabida y razón)
Pero otros, en el muy profundo y oscuro cuarto de su nublada consciencia, adquieren el hábito de sufrir heridas de índole abstracta; es decir, que van a otro plano el cual no es físico. Hay quienes prefieren lacerarse el alma, las emociones o sentimientos. El espíritu, quizá.
Y… ¿cómo caramba empieza esto?
El anhelo o la esperanza de preservar, de lograr algo, en ocasiones se ve frustrado por el inesperado vuelco de lo que se le llama destino; no se necesita mucho tiempo para analizarlo porque así pasa como los segundos y lo subsecuente. Cuando persiste el anhelo, quizá en el lugar equivocado, se intenta recuperar de las cenizas lo que fue alguna vez, porque se piensa que dentro de todo ello va una carga muy fuerte de experiencias y sensaciones que, al irse con lo que se perdió, calan a uno por pertenecer muy fuerte dentro de las memorias.
A veces uno se pregunta por qué las cosas viraron de esa manera, o en qué momento vino el declive y se perdió lo que alguna vez se tuvo. Perspectivas de las situaciones y experiencias. Entonces uno se aferra a encontrar lo que le daba el hilo central a ello (la situación, la cosa o la persona y su relación con uno). Se busca, a veces muy exageradamente (en muchos aspectos) que en lo que se perdió, se fue, cambió o dejó de existir algo que aliente a pensar que sigue vivo, latente, que no se ha ido y tiene un receso poco indefinido, pero que pronto regresará y será mejor, las cosas cambiarán o tendrán una perspectiva que rinda frutos. Satisfacción.
El hombre, como sea, busca las herramientas para producir su satisfacción. El mundo es la búsqueda de la satisfacción. De eso se trata la vida.
Pero hay un momento de incertidumbre en este espectáculo teatral del “yo lo puedo todo”: aprender a dejar ir.
Aprender a perder.
Yo sé que esto se lee muy pesimista, pero me parece que a veces, y aunque sea por un lapso de tiempo, así se ven las cosas.
Y es en este punto cuando atamos los cabos al pasado, a lo que fue, augurando que ésto nos permita un futuro apremiante, lleno de esas dichas y satisfacciones que tanto buscamos, anhelamos, nos encontramos, etc… Es entonces cuando uno se aferra.
¿Y qué tal si nos equivocamos de calle, de dirección, de lugar?
Poco importa. Hay quienes experimentan esa pérdida, la asimilan como una experiencia que los hará crecer y entonces siguen caminando. Hay otros, los masoquistas, que precisamente anhelan el seguir en lo que parece ya no puede ser. Y entonces comienza un círculo vicioso de lágrimas, de desesperaciones e imaginaciones exhaltadas, se llega a un punto en el que ante la tristeza llega la apatía, y con ello la desesperanza; el ímpetu reacciona tal vez de manera equivocada, aferrada, muy perra, y nos dice que debemos esperar. ¿A qué? Quién sabe. Pero uno anda ahí, y luego de eso, regresa la impaciencia y todo prosigue en un curso que parece ahogarse en una espiral.
El masoquismo se vuelve costumbre, llega a la cotidianidad…
No sé si se lleven de la mano, pero a veces es conveniente dejar a un lado la satisfacción que buscamos por algo de paz. Tener un poco de paz.
Hay que regrabar el cassette, el CD ReWritable, o como quien diría, comenzar de nuevo.
Romper la pared.
“You are my center when I spin away… out of control…”
Radiohead – Videotape

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