Es momento de aclarar ciertas cosas respecto a lo que uno puede sufrir.
Hace unos días me percaté de que había una especie de agujero en mi alma. Uno de esos grandes, que tardan en cerrar o en llenarse, y que regularmente son el cause de la catarsis. Hoy puedo confirmarlo; no sé a donde voy; no sé quien soy.
Hay momentos en la vida que están determinados por una decisión. Basta simplemente con hacer que el interruptor gire de un lado o del otro: uno o cero; no más. Queda siempre una opción y las demás. Aunque, ciertamente, nadie ha aclarado que todo sea tan fácil como suena, y mucho menos en la cuestión de elegir. Siempre existe una disyuntiva ante la cual siempre hay que elegir… dijo Bunbury en su canción “Oración, del disco “Senderos de Traición” cuando todavía formaba parte de los Héroes del Silencio. Y sinceramente es muy cierto.
Dicen que hay una teoría borgiana (por Borges, claro está) en la que las realidades alternativas existen, de tal forma que, cuando uno elige una de las opciones que la problemática presenta, las demás nunca quedan suprimidas; es decir, que en un momento del tiempo-espacio, todo ello resulta verdadero, en sus diferentes posibilidades. Hago alución a esto sólo con el afán de complementar lo que digo respecto a las elecciones.
Ciertamente nunca estaremos para vivir todo eso. Una realidad existe: la nuestra. Lo demás trasciende como complemento directo o indirecto que afecta nuestra realidad. Lo cierto es que hay momentos en el que uno no forma parte de la misma.
Quiero decir que hay ocasiones que pueden observarse desde tres puntos de vista: el propio, el diferente y el austero. Hay una sensación extraña que se apodera de nosotros, y es la de sabernos nadie. No sentirnos diferentes; eso es distinto de sentirte nada o nadie, y sucede con frecuencia.
Llegué a la plena conclusión de que esa confusión me ha llevado a determinarme en un punto en el cual trato de salir: siento que voy a ningún lugar.
Esa sensación oprime el pecho y agujera el mismo de tal forma que podría verse a través de él. Estar perdido dentro de uno mismo es de las cosas que, aunque con frecuencia ocurren, pocas personas lo perciben. Y pocás más tratan de salir de ahí.
Hace unos días me encontraba desolado pensando esto, y con cierta profundidad, que hoy en día me encuentro pensando si no se trata de alguna idiotez que mi torcida mente pueda producir. Algunas veces siento que realmente estoy mal; otras, que es un pensamiento absolutamente negativo, pues todo lo que tengo y he hecho ha sido productivo y satisfactorio; más, en las que considero nunca he hecho algo; finalmente, cuando pienso que todo esto se trata de una paranoia.
Sí… seguramente es eso. Empiezo a delirar; a querer encontrar explicaciones alternas a una realidad que a lo mejor está trucada por un simple anhelo de sentirme mal. Quizá todo está bien; tal vez, todo mal; o, en su defecto, nunca existió. Lo cierto es que esa parte de mí, la que alguien me aseguró existe de nacimiento, reclama su lugar: la tristeza.
Reclama porque después de todo este tiempo austero de emociones (no de sentimientos; no es lo mismo), empieza a surgir esa bilis esporádica, por momentos, que roe el interior hasta llegar al estómago, donde los jugos gástricos no pueden reaccionar ante éste porque simplemente es etéreo: la bilis negra.
Bien podría darme un tiro; quizá dos; quizá ninguno; quizá estoy mal; quizá simplemente exagere las cosas porque me encanta amplificarlas; quizá sea mejor callar y no hacer de algo ridículo una parafernalia; quiza…
Quizá nada…
Todo resulta ser tan simple y tan burdo como expresarme de esta forma, tan ridícula, tan simple y tan idiota. Tanto como a veces suele serlo su servidor.
Pero todo queda a la deriva de un sueño inexistente. Espero esta catarsis (imaginaria, real o ficticia) pueda desaparecer cuando la decisión, la precisión de saber dónde estoy y qué quiero pueda aliviar un poco la gastritis emocional que se produce. Aunque realmente no me siento tan mal como hace días. Sin embargo, la mente resiente de tanto pensar.
Por hoy es todo. Mañana, será verme al espejo, y tratar de descifrar lo que el reflejo trata de hacerme saber. Mientras, es hora de perderme en ese mundo extraño, ajeno a la vida y a la muerte. El limbo; con exactitud, el sueño.
Buenas noches.
Atte: Diego Alan Vilchis Rocha.
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