Archivo de Autores para silensaeternum

05
Oct
09

Masoquismo

Hay formas erróneas de aferrarse a las cosas, las situaciones o las personas. O todo ello en uno. Una de ellas es adquirir el hábito de martirizarse constantemente.

El placer que la autoflagelación evoca (consciente o inconsciente) es como una raíz que se expande continuamente por debajo de la tierra. Al final se vuelve costumbre, y poco a poco se va incrustando sin que uno se dé cuenta.

Existen aquellos que se laceran la piel; la lastiman o incluso la cercenan con tal de producir una sensación de placer o satisfacción, algo que va ligado con lo sexual, y llevan a cabo prácticas que podrían resultar enfermas para quienes no las comprenden (porque increíblemente hay gente que les da cabida y razón)

Pero otros, en el muy profundo y oscuro cuarto de su nublada consciencia, adquieren el hábito de sufrir heridas de índole abstracta; es decir, que van a otro plano el cual no es físico. Hay quienes prefieren lacerarse el alma, las emociones o sentimientos. El espíritu, quizá.

Y… ¿cómo caramba empieza esto?

El anhelo o la esperanza de preservar, de lograr algo, en ocasiones se ve frustrado por el inesperado vuelco de lo que se le llama destino; no se necesita mucho tiempo para analizarlo porque así pasa como los segundos y lo subsecuente. Cuando persiste el anhelo, quizá en el lugar equivocado, se intenta recuperar de las cenizas lo que fue alguna vez, porque se piensa que dentro de todo ello va una carga muy fuerte de experiencias y sensaciones que, al irse con lo que se perdió, calan a uno por pertenecer muy fuerte dentro de las memorias.

A veces uno se pregunta por qué las cosas viraron de esa manera, o en qué momento vino el declive y se perdió lo que alguna vez se tuvo. Perspectivas de las situaciones y experiencias. Entonces uno se aferra a encontrar lo que le daba el hilo central a ello (la situación, la cosa o la persona y su relación con uno). Se busca, a veces muy exageradamente (en muchos aspectos) que en lo que se perdió, se fue, cambió o dejó de existir algo que aliente a pensar que sigue vivo, latente, que no se ha ido y tiene un receso poco indefinido, pero que pronto regresará y será mejor, las cosas cambiarán o tendrán una perspectiva que rinda frutos. Satisfacción.

El hombre, como sea, busca las herramientas para producir su satisfacción. El mundo es la búsqueda de la satisfacción. De eso se trata la vida.

Pero hay un momento de incertidumbre en este espectáculo teatral del “yo lo puedo todo”: aprender a dejar ir.

Aprender a perder.

Yo sé que esto se lee muy pesimista, pero me parece que a veces, y aunque sea por un lapso de tiempo, así se ven las cosas.

Y es en este punto cuando atamos los cabos al pasado, a lo que fue, augurando que ésto nos permita un futuro apremiante, lleno de esas dichas y satisfacciones que tanto buscamos, anhelamos, nos encontramos, etc… Es entonces cuando uno se aferra.

¿Y qué tal si nos equivocamos de calle, de dirección, de lugar?

Poco importa. Hay quienes experimentan esa pérdida, la asimilan como una experiencia que los hará crecer y entonces siguen caminando. Hay otros, los masoquistas, que precisamente anhelan el seguir en lo que parece ya no puede ser. Y entonces comienza un círculo vicioso de lágrimas, de desesperaciones e imaginaciones exhaltadas, se llega a un punto en el que ante la tristeza llega la apatía, y con ello la desesperanza; el ímpetu reacciona tal vez de manera equivocada, aferrada, muy perra, y nos dice que debemos esperar. ¿A qué? Quién sabe. Pero uno anda ahí, y luego de eso, regresa la impaciencia y todo prosigue en un curso que parece ahogarse en una espiral.

El masoquismo se vuelve costumbre, llega a la cotidianidad…

No sé si se lleven de la mano, pero a veces es conveniente dejar a un lado la satisfacción que buscamos por algo de paz. Tener un poco de paz.

Hay que regrabar el cassette, el CD ReWritable, o como quien diría, comenzar de nuevo.

Romper la pared.

 

“You are my center when I spin away… out of control…”

Radiohead – Videotape

23
Sep
09

Recuento

Hace dos años me encontraba en la cima de un lugar cuyo horizonte prometía una especie de porvenir. Hoy, después de aquel momento, un sábado en la mañana el cielo se despeja después de tres semanas de intensas lluvias. Es irónico, y me parece injusto.

Tener perspectivas nunca ha sido malo, pero cala cuando varias de ellas con el paso del tiempo se van despejando. Como esas nubes del cielo que un día, simplemente, como jugando una mala broma, se fueron y dejaron que el sol chingara un rato porque a veces el sol chinga.

Cuando comencé hace dos años tenía en una visión del mundo muy distinta a ahora. Creía y sentía de distinta forma que ahora. Hoy me miro al espejo, y realmente no me siento como el de ese entonces. No sé si poco a poco me voy conociendo más, pero siento que me caló algo a lo largo de ese tiempo. Mis ojeras están pronunciadas y mi capacidad de razonamiento, de lógica, de intuición y de perspectiva están quedando estancadas, y me siento, en primera, un tanto estúpido, y en segunda, otro tanto patético.

Las cosas cambian, y aunque sean hermosas tienen que cambiar porque lo estático se pudre. Lo cierto es que si pueden cambiar para bien, o para lo mejor que antes, son cambios satisfactorios. Pero si sucede lo contrario, entonces uno se siente un poquito mal.

Las tres semanas de lluvias me auguraban, con un poco de desesperación, algo que intuía. A veces odio mis intuiciones, porque no me gusta incidir en esas cosas que luego resultan incómodas o lastímeras. Y tal como lo pedí, la verdad cayó como la lluvia esa. Y después el sol. Yo lo sentí un insulto porque me parecía prudente que debió salir una semana antes, y que quizá con ello las cosas se calmarían un poco. Pero no.

En el entorno hay señales que nos indican por donde vamos, y a veces lo prudente por donde debemos ir. Y cuando salió el sol todas esas señales cambiaron de parecer. Hasta el ambiente quiere parecerse un poco más bonito. Pero detrás de eso, el trasfondo, es que es un tanto apático, hueco. No me sabe bien. Me incomoda un poco.

Me la pasé a expensas de llorar por ratos desde ese viernes. A veces tengo ganas un poco todavía. Y soy un tanto necio, terco, berrinchudo y dramático. Egoísta, quizá.

No ha pasado mucho, y mi cuestión es ambigua. Desconozco lo que va a pasar, y a veces prefiero no imaginarlo porque me haría sentir un tanto más incómodo. Quiero cosas que quizá tu ya no, y espero que las quieras. Pero también quiero que ya no nos llueva tanto.

Incluso el Silent Hill ese lo dice en una canción del soundtrack: “Oh, what a pair me and you, put here to feel joy, not to be blue”

Y así lo quise. Pero dicen que no basta con querer, ¿verdad?

Bueno…

Con el paso del tiempo queda ser paciente (de nuevo), aprender un poco de todo ello que ha sido y que quizá siga siendo, sobre todo reflexionar la situación. Quizá aceptarla, aunque de momento para mí es más una resignación.

Todo con la mejor intención, claro está. No estoy en mi derecho de pedir; tan sólo que, con mis más sinceras intenciones, puedas estar bien.

Ya lo demás tal vez poco importa.

“Vamos a reponer lo mucho que perdimos; vampos a aprovechar lo poco que nos queda”.

Ojalá así sea.

Hoy recuerdo esos dos años, hace dos años…

Te quiero mucho.

 

Atte: Diego Alan Vilchis Rocha

05
May
09

Lo inevitable (o la expansión del drama)

Necesito sacarlo…

Dijo Einstein que la estupidez humana es infinita. Y creo que tiene razón.

Uno no acaba de entender lo que verdaderamente tiene hasta que de alguna manera lo saca. Lo enseña sin darse cuenta de que lo tenía hasta que las lágrimas de la otredad le hacen ver a uno el reflejo mísero de lo que es: inmundicia. O por lo menos uno, después de verse a través de los tristes ojos de la inesperada inocencia, se siente así.
¿Por qué nos cuesta trabajo detenernos a pensar un momento pequeño? Un instante de determinación, las palabras correctas, podrían ser la solución ante esto. Un poco de cordura, quizá. El pensar en que las acciones tienen consecuencia, y que de ahí en adelante lo reversible no existe: sólo existirá lo inminente pues cada paso que damos es un ladrillo más en la pared. Ojalá se pudiera quitar algunos para hacer nuestra brecha más cómoda. Pero el pudiera no existe, como el hubiera, como otros tantos primos semejantes.
A razón de la poca conciencia, me declaro concientemente fuera de lo cuerdo, entre la incertidumbre y el pesimismo.
Un poco de cordura, de paciencia, otorgan la llave necesaria para abrir la puerta al siguiente panel: lo tranquilo, lo pensable.
Claro, ahora que si el impulso sale, lo irracional se desborda, carcome como bilis rastrera.
Todo, enteramente, como piezas de dominó acomodadas, se tumba, se cae, se desploma, se deja llevar por la gravedad.
Un trueno
Una centella
Un holocausto
Y luego, el silencio (todo existencial, claro está)

Ahora bien: después de tanto drama, ¿es posible la reivindicación? Es decir, me pregunto si después de todo lo tirado, es posible reorganizarse sin perder la prioridad de la esencia. Levantarse es fácil, pero, como lo mencioné en un post anterior, me cuesta trabajo creer que no tengamos lo que queremos, y tengamos lo que necesitamos. ¿De qué carajo sirve?

En fin… no quiero entrar en terrenos donde todavía no existe esa alternativa. Espero no pase.

Quiero creer en esa reivindicación. En el momento en el que todo se suspende para darle paso al etéreo reconcilio entre lo que fue, lo que es y lo que será, sin necesidad de alterar su primordialidad, sin dejar a un lado lo que se pretende por lo que sucede, para que lo que suceda sea por lo que se pretenda y entonces las cosas funcionen de una manera positiva. Lo que sea que mueva el mundo, has que eso suceda para que la rueda de la buenaventura le de pauta a cosas que seguramente serán buenas.

Puede haber paz, o eso pretendo creer.
Que puede haber paz
Que se puede otorgar la paz

Danos paz…
El uno a el otro…

(In drama motion)

25
Abr
09

Sobre la existencia…

La diferencia entre lo que uno quiere y uno necesita es precisamente esa: no siempre tenemos lo que queremos, sino lo que necesitamos.
A veces parece injusto, pero quizá sea una cuestión de perspectivas; lo que es cierto es el embargo en el que a veces uno entra.
Uno entra al mundo a chocar con todos, con todo. Uno construye las vías para lograr lo que desea, de eso no cabe duda; en la medida que queremos, podemos, enfrentándonos a la circunstancia que nos aflige, llamémosle atmósfera o entorno, para entonces dar un paso hacia lo que nos proponemos. Es motivante pensar en la voluntad como motor universal de nuestras ideas y pensamientos. Pero a veces se nos olvida un pequeño detalle: el egoísmo de esta idea nos hace ajenos a los demás; se nos pierde de vista que, si bien nosotros podemos producir un cambio, también los demás. Nosotros somos un universo y los demás también. La interacción ocurre en el momento en el que nos encontramos frente al otro, y nos afecta, y le afectamos. Entonces las vías que construimos cambian de rumbo, de forma, de altura o de capacidad dependiendo qué tanto hayamos chocado.
Se nos olvida que existe el otro, y entonces el karma, o la fenomenología (causa – efecto), nos hace entrar en la razón de que estamos frente a otros.
Lo que me molesta un tanto es pensar que lo que queremos no siempre es lo que necesitamos… que a veces uno, a final de cuentas, se conforma; yo me salgo de la linea y es pesado caminar hacia donde parece que no hay paso…
Esto, supongo, no es una delimitación a volvernos a la otredad, convertirnos en los otros; pretendo explicarme mediante esto el que a veces uno se sienta contra corriente; el que a veces me frustre pensar que necesito hacer cosas por la necesidad, y no necesariamente porque quiero. Que esté de repente existencialmente atormentado por mí y mis excreciones espirituales que sólo atosigan porque las hago grandes…

Pretendo ver las cosas no tan complicadas pensando que debo darme cuenta de quién soy, qué quiero y por qué lo hago…
La misma cuestión…

Atte: Diego Alan Vilchis Rocha

23
Ene
09

“Feel free to comprehend
What I see will never end
I’m not me now, a light has died
It’s too real…”

Anathema
“Harmonium”
A Natural Disaster

 

Muchas veces escribo acerca de lo que significa la muerte, y puedo llegar a interpretar cosas que quedan a la deriva, que me hacen sentir en un estado existencial reflexivo donde veo y atrapo todo ello que se encierra detras de lo que significa morir.

Pero pocas veces he escrito acerca de por qué escribo eso.

No soy el único hombre que no es ajeno a la muerte, pero a lo largo de mi vida me he visto influenciado por el impacto que me causa ver morir a la gente. de verlos parados, mirando y caminando de un lugar a otro, para que después, de la nada ,uno les vea los ojos cerrados, pálidos, detrás del cristal del ataúd. En mi vida he visto tres muertos, y los tres, así como su temperatura corporal, son fríos no sólo por esa cuestión, sino al momento de mirarlos uno siente la ausencia. Cuesta decirlo asi, pero la verdad es que ni siquiera uno siente que sean ellos.

Ni el cansancio me hace pensar tanto en lo que vi. Esta vez fue distinto. Las veces anteriores pensé poco. Ahora inclusive me veo un poco sumiso pensando en todo lo que ha pasado, en quien se perdió. Pensar en la muerte cala, y cala más fuerte estar en frente de la ausencia, de lo eterno. Porque eso es la palabra indicada: uno está enfrente de lo que aún no conoce, y duele saber que ya no existe, por lo menos ante nuestros ojos ya no.

Es peor saber que no tuviste tiempo de decir todo lo que querías, de expander los momentos que imaginabas o no, que ni siquiera lo terminas de asimilar, aunque lo veas pálido ante tí, que no tengas ni ganas de imaginar que pasa, y lloras ante la incomprensión, ante la reacción de no-es-cierto. Es feo saber que te han cortado el hilo y todo lo que sostenía se ha caído.

Nunca había estado en un entierro. Espero, en serio, no hacerlo de nuevo, no porque quiera evadir la realidad, sino porque espero no presentarme ante esa situación otra vez. Todos, ahí, no sólo entierran a quien se ha ido, sino también entierran sus llantos que siguen siendo fantasmas, entierran sus memorias, dejan ir exhalación a exhalación todo aquello que sentían. Entierran parte de su carne, de su alma, de sí mismos. Y lloran porque les duele enterrar todo eso junto.

Una parte de mí ha quedado impregnado de todo eso, y esa parte piensa un poco en todo lo que se ha ido, en todo lo que se ha cargado encima. No me aflige haber estado ahí. Hoy entiendo que realmente quiero estar ante la adversidad de lo desconocido mientras sea ello con tal de sostenerla, de ser parte de ella, y de que ella no se caiga. No soy ella para evitar que se caiga, pero estoy ahí para que se levante. Porque me dolió verla dolida, me hizo llorar verla llorar… Me hizo querer buscar un escaparte para ella, y que ella pueda escaparse por ahí…

Hoy es momento de descansar. El día más largo ha terminado. Mañana vienen muchos más días, otras adversidades. Es momento de descansar para mañana comenzar a recoger lo que ha quedado, limpiarse la frente y el rostro, levantar poco a poco los vidrios y ponerlos donde no lastimen. Y seguramente, lentamente, habrá que dar el primer paso para seguir adelante, porque nunca se comienza de nuevo: la cicatriz nos recuerda quienes fuimos, para entonces entender quienes somos y construir lo que seremos.

Hoy dormiremos con pensamientos profundos en la cabeza. Mañana ella espera que el sueño acabe mientras todo sigue girando. Y yo estaré ahí cuando quiera que todo pare.

Hoy acabó todo.

Mañana, nosotros seguiremos el camino.

 

Atte: Diego Alan Vilchis Rocha

15
Ene
09

Incertidumbre…

Uno va construyendo su propia suerte. Uno se predestina cuando piensa las cosas. Poco a poco uno va formando los caminos que quiere en la vida, ya sea consciente o inconscientemente. Entonces, ¿por qué cuesta trabajo dejar de pensar en cosas que a uno le afectan?

No sé. Quizá sea indecisión. A veces creo que a uno le gusta martirizarse un poco, pensar en las cosas negativas porque en el fondo, independientemente de que disfrute o no de ello, tiene miedo a ser feliz.

La razón de esto la desconozco; tal vez sea porque todos tenemos un mazoquista dentro. Nos gusta lacerarnos, como a aquellos que les gusta golpearse con otros para desfrustrarse, hasta los más radicales que tienen sexo bondage o como se escriba. El punto es que ciertas aflicciones causan cierto placer, ya sea en plena conciencia o muy por dentro de nuestra mente.

¿No será que debemos dejar estas cosas y avanzar un poco hacia el camino que realmente deseamos?

Veo gente a veces sumergida en un mar de alcohol o de drogas. Más alcohólicos, por cierto. Y de repente todos ellos tienen cierta aflicción. Saben muy bien que aquello de tragarse el alcohol aunque ya no les quepa y lo vomiten no les hace nada bien. Muchos se frustran y toman, y otros toman y se frustran. Algunos son muy parlanchines, otros serios, otros lloran y otros tantos son agresivos. Pero siempre terminan reflejando algo que les causa molestia, algún problema. Y es por aquella razón que no quieren dejar de beber.

No recrimino al alcohol; sobre eso tengo un punto de vista que luego compartiré. Lo que sí observo es aquella actitud de encontrar en el alcohol un escape a todos los problemas que tienen, en vez de pararse enfrente de ellos y resolverlos.

Quitando al alcohol de enmedio, para quienes no necesitan de estupefacientes o cosas que apendejen, también viene la inseguridad. Uno es inseguro, y de repente todo el mundo se voltea, parece estar en contra. A veces uno añora cosas que no existen, que no han pasado y que quizá no pasen, tal cual como imaginarse situaciones irreales que a uno le afectarían. Y entonces uno se predestina a que pasen; si le tiene miedo a algo, se pone serio o dubita mucho, y poco a poco va haciendo que las cosas se acomoden para ello.

Una plática con alguien me dejó pensando: pesan los fantasmas del pasado. Y es cierto, sí. Tal vez ellos sean parte de la causa de todo lo que vivimos actualmente, de lo que tenemos miedo que ocurra, que vuelva a suceder. Como aquellos que, sabiendo que tienen todo enfrente, dudan de si es cierto o no, e inclusive lo reniegan, y luego cuando lo sienten distante creen que lo han perdido. Exageran. Y en aquella exageración alejan todo. Y luego, la nada.

Decía una película que hay que tener cuidado con lo que rezamos, puesto que nuestras plegarias pueden ser escuchadas. Autores dicen que la mente es tan poderosa que con pensar algo lo atraemos. Insisto, creo que lo vamos construyendo y por eso lo llamamos. Y podría citar mucho más.

Lo cierto esque mientras no nos libremos de las cadenas del pasado, no podremos avanzar un poco.

El problema es…

¿Cómo?

A veces todavía no entiendo eso…

¿Por qué cuesta trabajo despegarse? ¿Por qué uno añora cosas de antes? ¿Por qué uno vuelve a suscitar el pasado, cuando el presente llama y el futuro en el porvenir se va desgajando poco a poco hasta llegar a nosotros?

Paciencia… paciencia… paciencia.

Mejor decidirse a romper los lazos y a quitarse los estigmas que uno tiene, amenizar lo que uno es en vez de atormentarse y quejarse, empezar por aquellas cosas que molestan de uno para que a la larga no nos sintamos mal, aún por la circunstancia. Comenzar con el primer peldaño para que entonces, cuando estemos frente a la situación, no pese, no nos tire, y tomarla de frente, saber que ver desde nosotros abre un panorama al mundo entero, y las aflicciones se van… o así parece.

No es fácil, nadie dijo eso. Pero podría tratarse y quizá pueda lograrse.

Dejar de hacerse tormentas en un vaso con agua, o como gusten llamarle.

Aprender a perder…

Y quizá así se pueda llegar al estatuto de lograr lo que uno quiere sin que los temores cieguen o priven de la clarividencia…

En fin; veamos qué sucede.

 

Atte: Diego Alan Vilchis Rocha

25
Dic
08

Un desastre natural…

Cos no matter what I say
No matter what I do
I can’t change what happened
No matter what I say
No matter what I do
I can’t change what happened
No no I can’t change

You just slipped through my fingers
And I feel so ashamed
You just slipped through my fingers
And I have paid.

A Natural Disaster
Anathema

25
Dic
08

Agua

Tengo agua en los ojos, y veo a través de ella como nebulosa y sustancial, moviéndose a través de mí y fuera de lo que soy. Constante movimiento me hace sentirla fluir en todas direcciones de mi ser, de mi cuerpo, de mi mente y de mi alma.
El agua escurre por mis ojos y luego no veo bien. Luego se drena, humedeciendo las cañerías que la aguardan; lo demás, reseco queda.
A veces el agua es calma, se tranquiliza y se mueve suavemente cuando el mismo viento, el soplo de mi existencia, le hace ondear, hacer dibujillos raros en toda su masa acuosa. Es fresca y se puede ver a través de ella, de forma tal que si un rayo de sol atravesara no se refractaría ni se desviaría salvo por pequeños movimientos. Por lo demás, ningún lugar había sido más tranquilo.
A veces el agua es turbia, se pone gris, verde, morada, todo dependiendo del fondo de lo que sienta que pueda hacer remolinos que conduzcan a los barcos y peces hacia su perdición, en el fondo de la extrañeza de un ser extraño que se extraña con la otredad, con lo que a menudo sucede y no se da cuenta.
Pasado esto cae la tormenta, llueve sobre mojado y el agua de lo que soy forma torbellinos, huracanes existenciales, se complican la existencia y sólo el ojo del huracán parece ser el lugar indicado para refugiarse. Pero, ¿dónde te puedes esconder del agua cuando alrededor de tí solo hay agua, cuando tu eres el agua?
Entonces la marea sube, me ahogo en la catarsis crítica de pensamientos que son viento violento, que martirizan el océano de mis premoniciones y las exaltan para convertirlas en certeras, en verdaderas conspiraciones contra mí mismo. Luego, en medio de la nada, del todo, en el fondo del mar interno, del agua de mi cuerpo, del océano de mi alma, queda flotando a la deriva un pedazo de esencia que poco a poco se disuelve, como luz que se deteriora y se pierde en el cúmulo de sombras de la penumbra marina y helada.

Hoy…
Hoy quizá soy agua turbia, porque nunca he dejado que crear tormentas y de mojarme la cara con lo que salpica. Tengo agua en los ojos y es agua violeta, agua verdosamente azul, azulmente verdosa.

Dejaré que se drene, aunque a veces duele que esté reseco, intriga ver que tanta agua puede desparramarse e irse por un lugar que es diminuto, del cual uno no tiene conciencia. A veces es el tiempo que como el sol evapora el agua, la hace salirse por los ojos, por las orejas, gotea y se impregna en lo más recóndito de la memoria. Entonces tenémos húmedo el cerebro, nuestras memorias flotan como reflejos de un espejo de agua…

Soy agua turbia e hice un remolino donde se cargó el barco y algunos peces.
Pero ya no te puedes esperar nada… ni quieres hacerlo, ni me gustaría que lo hicieras.
No te puedes esperar algo de una tormenta escandalosa…
Aunque espero que esperes la calma…

A que el agua se evapore…

Hay agua en mis ojos.

Autor: Diego Alan Vilchis Rocha

22
Nov
08

En el debraye del pensamiento…

Concretaba citas en mi cabeza. Maquilaba ideas que se yuxtaponían y se enfrentaban, ocasionando cataclismos en mi mente… Pasó que salía todo y nada.

Me sentía atraido hacia el puro pensamiento, el extraño placer de estar maquilando cosas, la sensación satisfactoria de hurgar de vez en cuando en lo que tengo de cerebro.

Ligeramente pensé, luego pensé intensamente, y finalmente logré pensar en concreción. No conseguí otra cosa que sustentarme en la mera idea, y cuando la tuve, la desbaraté.

Proyecté entonces cosas que me permitieron acercarme de nueva cuenta a sensaciones perdidas.

Había pasado cierto rato desde que me tiré a un pozo, o de que caía en la cuenta de una espiral multidimensional, aquella que es la causa-efecto. Era el extraño retorno hacia el sopor de lo rutinario, de lo adverso y lo que no tiene sentido pero se hace.

Hoy, a cuatro horas de haberme sentado a escribir, sigo queriendo contener el último aliento del pensamiento que, de la mera espontaneidad de una noche silente, fría y con sonidos que progresan en secuencias rítmicas, logré ver, sentir y percibir lo que hace tiempo no hacía.

Hoy lo retuve, lo digerí, y me sentí con la satisfacción de que se haya incrustado en algún lugar recóndito de mi mente. Tengo el anhelo de volverlo a encontrar para poder exlotarlo; cuando suceda eso, se dejarán ver entonces colores intangibles, sonoros y abstractos que simulen la imaginación para darle un sustento a los pensamientos que no hablan, provocando una resonancia… un eco perdido que, conforme vaya haciéndose quieto, dilate su esencia y se prolongue hasta que en algún momento salga como resultado de la experiencia etérea de haber usado un pensamiento.

Lo demás, se concreta en mover una mano o provocar un sonido: volverlo hacia el exterior, no material, pero si legible para que se pudiese entender. Hacerlo.

Luego, se suspendera en el espacio, y el tiempo, en su infinito y relativo transitar, lo prolongará como esencia…

Habrá que pensar más…

Atte: Diego Alan Vilchis Rocha

10
Jul
08

Miedo

Miedo, según los Caifanes, es lo que debe tener la vida…

Miedo, sin precedentes, es caerse en un abismo infinito y sentir el vértigo carcomiendo tu garganta…
Es morirse y renacer para vernos morir de nuevo. Vernos muertos.
Miedo es ponernos enfrente de un espejo, y vernos por fin el rostro. Ver nuestro rostro oscuro. Ver que el miedo somos nosotros mismos envueltos en un manto negro, porque el miedo es negrura.

Dícese que hay cuatro miedos del hombre, según la cosmogonía egipcia: el miedo a enfrentarse, el miedo a perder, el miedo a la soledad y el miedo a la muerte.

Según Don Juan, el miedo es uno de los demonios que el hombre que busca la sabiduría debe dominar. Y para dominar al miedo hay que enfrentarlo.

Miedo es lo que debe tener la vida…
Miedo tiene la vida
Miedo tengo yo…

Aquella ocasión no fue diferente a lo que siempre sucede. La condición natural del hombre es tener un sentimiento que altere la conciencia ante algo que nos resulta desconocido, que nunca habíamos imaginado o que simplemente esperamos no suceda pronto.

El miedo a veces es un mecanismo de defensa, como un acto reflejo, que pretende protegernos de lo que nos es ajeno. Pero también el miedo es un reflejo de la inseguridad de nuestros actos ante lo que está por venir, o lo posiblemente venidero.

Sin embargo, el miedo es una cuestión natural que debemos aprender a manejar mediante la experiencia. No sé si el miedo sea un demonio, pero sé que el miedo nos hace ver eso y más. Nos basta con ver lo desagradable que existe como alternativa. Pensar que podríamos sucumbir ante las atrocidades de lo que nos causa pánico, de lo que no hemos corroborado o de lo que sabemos no podemos hacer y necesitamos.

Lo que sé es que superando el miedo se madura. Se madura en muchos aspectos, pero el primer paso es quitarse el velo de la penumbra para poder ver a través de la infinita oscuridad. Citaba un libro “la oscuridad es suficiente luz”, y es que a través de la travesía de lo que nos ciega es como aprendemos a ver. Y cuando percibimos los primeros rayos de luz, entendemos que la tormenta está próxima a irse. Respiramos profundo, y a veces lloramos de felicidad.

El miedo es quitarse una máscara, como lo cité en el principio, ante ese espejo grisáceo. Vernos es lo que siempre nos ha costado más trabajo. Aceptar lo que somos es un miedo, porque tememos encontrar lo que no queremos. Y el primer punto es abrazar a ese miedo para que se apacigüe. Matar al miedo es matarnos, hacernos insensibles. El miedo es un vértigo, una incertidumbre, un algo lleno de espectros, de soledad, de remordimientos, de dolor, de tristeza, que es uno de nuestros lados más oscuros e intensos. Y a pesar que a través del miedo (y por el mismo miedo también) surgen algunas de las cosas más enfermas, no es menester suprimirlo, sino confrontarlo y domarlo.

El miedo hace al valiente y lo obliga a ser clarividente.

Después de todo, es una faceta del yo vs. yo.

A veces tengo miedo, todavía, y quizá es una cuestión que no necesita alardearse tanto. Pero si resulta frustrante imaginarse el tramo del camino entrando hacia un terreno que resultaría hórrido a la vista.

Sin embargo, y lo he comprobado de cierta forma, uno no debe esperarse las cosas; debe esperarse nada, y estar preparado para todo. Claro que no es fácil. Lo idóneo es construir ese camino.

Eso hago. Tengo miedo, pero es el mismo miedo que me orilla a enfrentarlo y unirme a él. Para que no me domine, sino para estar en armonía con él.

Lo que nunca se intenta es algo perdido en la penumbra. Y la penumbra es el miedo…

Buenas noches.

 

Atte: Diego Alan Vilchis Rocha




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Kamikaze es el resultado del ocio, del hecho de que una pareja le gusta escribir, ganas de expresarse. Nace del punto en donde un grupo de amigos separados físicamente, escriban en un solo lugar por amor a las letras. Bienvenidos, seguro este lugar será divertido. W.W. 27/Ago/07

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