Siempre he coincidido con la idea que amar demasiado no tiene nada de digno. Es como la libertad, algo curiosa. No hubo peores crímenes en contra de ella que, en principio, aquellos que dijeron defenderla.
No hay peores sacrificios que los que se hacen en nombre del amor.
Ayer por la noche veía un programa llamado “Adulterio virtual y el amor en el ciberespacio”. En el narraban la historia de tres parejas que de alguna forma tenían una relación virtual a través de Second Life. Hubo una en especial que me llamó la atención.
Ella vivía con su esposo y cuatro hijos. El desgaste diario de la limpieza, la elaboración de comida, el poco tiempo hicieron mella en su estado de ánimo de forma que llegó un momento en que seguir adelante no era una opción atractiva, sino más bien, una consecuencia.
Él se casó enamorado de ella. Él continuó casado con ella enamorado, ni las cuentas, los niños, el poco tiempo para ambos cambiaron eso.
Ella fue a buscar a un hombre que vivía al otro lado del mar, por ocho meses ininterrumpidos de convivencia virtual.
Y él la esperó.
Cuando le preguntaron a ella por qué lo hizo lo manifestó de una forma muy curiosa “Pasa que llega un instante en que no sabes qué es lo que amas. Si el avatar, si la idea que tienes de éste, si la verdadera persona. O una mezcla de todas. Yo soy una persona que siempre se cuestiona y llega hasta las últimas consecuencias”.
Ella lo buscó. Él la esperó. Y la indignación no se escondió; “Cuando ella transgreda esa barrera, la de trascender a la barrera de lo físico dejaré de tratarla como mi esposa. Porque no seamos ingenuos, una persona que cruza el mar para estar contigo no planea tejer bufandas, exactamente”.
Ella lo encontró.
Generalmente, la cuestión dramática demandante estaría en si estuvo o no estuvo de una forma inconvenientemente incómoda moral/legal/sentimentalmente hablando. Pero para este caso lo que me hizo voltear los ojos fue el cierre de la historia.
Ella dijo: Me sentí como una mujer que va a una tienda de joyería y mira un diamante bellísimo. Obviamente, no puedo pagarlo, pero me dieron la opción de tenerlo durante dos días. Acunarlo en mis brazos en la noche, mirarlo brillar por la mañana. Y decidí tomarlo. Dos días valen la pena. Dos días valen más que nada.
Ella volvió. Y el le abrió las puertas. Y la historia termina con ellos juntos, desde mi punto de vista, conformistas.
El dijo: Yo soy el Forest Gump de esta historia. Tal vez no sea el más listo, ni el más creativo, ni el más fuerte. Forest es Forest. Sabe lo que desea y simplemente se aferra a ello. Ella es mi Jenny. Ella brilla, ella socializa, ella vive al máximo. Y pese a todo. Contra todo pronóstico. Ella sabe que me tiene… y que siempre será así.
Fuck!!
Una vez me dijo mi mamá: “Diego, el amor apendeja; y tú estás enamorado”
Qué te digo…