Concretaba citas en mi cabeza. Maquilaba ideas que se yuxtaponían y se enfrentaban, ocasionando cataclismos en mi mente… Pasó que salía todo y nada.
Me sentía atraido hacia el puro pensamiento, el extraño placer de estar maquilando cosas, la sensación satisfactoria de hurgar de vez en cuando en lo que tengo de cerebro.
Ligeramente pensé, luego pensé intensamente, y finalmente logré pensar en concreción. No conseguí otra cosa que sustentarme en la mera idea, y cuando la tuve, la desbaraté.
Proyecté entonces cosas que me permitieron acercarme de nueva cuenta a sensaciones perdidas.
Había pasado cierto rato desde que me tiré a un pozo, o de que caía en la cuenta de una espiral multidimensional, aquella que es la causa-efecto. Era el extraño retorno hacia el sopor de lo rutinario, de lo adverso y lo que no tiene sentido pero se hace.
Hoy, a cuatro horas de haberme sentado a escribir, sigo queriendo contener el último aliento del pensamiento que, de la mera espontaneidad de una noche silente, fría y con sonidos que progresan en secuencias rítmicas, logré ver, sentir y percibir lo que hace tiempo no hacía.
Hoy lo retuve, lo digerí, y me sentí con la satisfacción de que se haya incrustado en algún lugar recóndito de mi mente. Tengo el anhelo de volverlo a encontrar para poder exlotarlo; cuando suceda eso, se dejarán ver entonces colores intangibles, sonoros y abstractos que simulen la imaginación para darle un sustento a los pensamientos que no hablan, provocando una resonancia… un eco perdido que, conforme vaya haciéndose quieto, dilate su esencia y se prolongue hasta que en algún momento salga como resultado de la experiencia etérea de haber usado un pensamiento.
Lo demás, se concreta en mover una mano o provocar un sonido: volverlo hacia el exterior, no material, pero si legible para que se pudiese entender. Hacerlo.
Luego, se suspendera en el espacio, y el tiempo, en su infinito y relativo transitar, lo prolongará como esencia…
Habrá que pensar más…
Atte: Diego Alan Vilchis Rocha
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