Toda dicha es una obra maestra: el menor error la falsea, la menor vacilación la altera, la menor pesadez la desluce, la menor tontería la envilece.
Memorias de Adriano, por Marguerite Yourcenar.
Toda dicha es una obra maestra: el menor error la falsea, la menor vacilación la altera, la menor pesadez la desluce, la menor tontería la envilece.
Memorias de Adriano, por Marguerite Yourcenar.
Siento tu aliento en mi nuca. Nunca habían logrado perderme tanto sabiendo que alguien estaba a mi lado; y ahora me veo solo en medio de recuerdos.
Siento tu mano, tocando la mía. No es más que el dejo de las memorias de hace un momento, que ahora trato de borrar o de modificar, reconociendo que la historia también puede tener matices que manipulan y que reviven.
Manipulado, era amante inseguro del mismo deseo que provoca tomar unos labios, y ahora duele, duele ser desprovisto de aquello que ponía en duda.
A medida que el tiempo pasa, ya no hace falta mucho la presencia de tu cuerpo junto al mío. Ya no hacen falta esos momentos de intimidad en donde vibraba, y no porque sea fácil vibrar dos veces con la misma intensidad, sino porque ya no alimenta mi alma ni mis sentimientos. Ahora separados, reconozco que las necesidades han cambiado. Mis necesidades, que antes se concentraban en solo estar a tu lado se tornan grises dándome cuenta que también la tinta se desvanece, sin embargo, las heridas reviven los dolores..
Engañado, tomo de nuevo la máscara que creí había perdido a tu lado. Por petición tuya, guardada en un baúl con cerradura y sin llave que ahora deja escapar la oscuridad que quise guardar con ella para no menguar tu brillo y sin embargo, ha sido esa misma oscuridad la que tomó tu alma y que dejó de amar la mía.
Tomo la máscara perdida y la coloco en mi rostro que ahora expresa tristeza pero, en sus arrugas invisibles, muestran las verdaderas heridas y el peso del pasado. La máscara lo alivia y al mismo tiempo, lo convoca y lo reinterpreta. La máscara (¿)tiene vida(?) y también siente. Alimentada de fracasos ya no deja salir mis palabras, ahora también es cerradura para mis labios. Aún respiro, y en algún lugar tu dulce perfume provoca en mi el deseo de buscarte y lamentarte.
La máscara es un recordatorio, porque aún con menor oscuridad he tomado otras máscaras en el camino. La máscara del fuerte, la máscara del bufón, la máscara del esclavo, la máscara del incompleto y la que más creí que era mía, la máscara de los amantes. Todas ellas caben en una, en aquella que me prohibí retomar y que hoy, sin previsión me ha tomado.
Aventuré palabras hipócritas hacia ti y de ellas pude entrever la triste realidad. Ya no eran caricias el tacto que pretendían mis dedos, sino hojas que no cortaban tu piel, sino que golpeaban los sentimientos. Qué tristeza se siente imaginar la caída de ellos representadas por promesas. Si, promesas.
Ahora creo que las promesas sólo sirven para aligerar la carga momentánea. Dando tanto en ese instante y al pasar del tiempo olvidadas. “Jurar” creí, comprende a dos partes. Ahora me doy cuenta que una promesa es el sinónimo de la vacuna. Sabes que no te afectará no cumplirla, sabes que no te dolerá cumplirla, pero sabes que estás fuera del área de juego del otro. Cómplices incluso en el dolor no compartido.
Pero el dolor no es mortal, tampoco te da más vida. Permanece en persona conmigo y creo, es más amante mío de lo que has sido tu. Porque es parte de lo que da vida, está en el principio, en el desarrollo, en el final. En la intimidad, en la rutina. Toma las formas más variadas y menos esperadas. Curioso, por un momento creí que verte a los ojos era una forma de felicidad, y ahora, es el inicio de un amorío culpable de una sola cosa; de ser intenso, intensamente doloroso.
Miedo, según los Caifanes, es lo que debe tener la vida…
Miedo, sin precedentes, es caerse en un abismo infinito y sentir el vértigo carcomiendo tu garganta…
Es morirse y renacer para vernos morir de nuevo. Vernos muertos.
Miedo es ponernos enfrente de un espejo, y vernos por fin el rostro. Ver nuestro rostro oscuro. Ver que el miedo somos nosotros mismos envueltos en un manto negro, porque el miedo es negrura.
Dícese que hay cuatro miedos del hombre, según la cosmogonía egipcia: el miedo a enfrentarse, el miedo a perder, el miedo a la soledad y el miedo a la muerte.
Según Don Juan, el miedo es uno de los demonios que el hombre que busca la sabiduría debe dominar. Y para dominar al miedo hay que enfrentarlo.
Miedo es lo que debe tener la vida…
Miedo tiene la vida
Miedo tengo yo…
Aquella ocasión no fue diferente a lo que siempre sucede. La condición natural del hombre es tener un sentimiento que altere la conciencia ante algo que nos resulta desconocido, que nunca habíamos imaginado o que simplemente esperamos no suceda pronto.
El miedo a veces es un mecanismo de defensa, como un acto reflejo, que pretende protegernos de lo que nos es ajeno. Pero también el miedo es un reflejo de la inseguridad de nuestros actos ante lo que está por venir, o lo posiblemente venidero.
Sin embargo, el miedo es una cuestión natural que debemos aprender a manejar mediante la experiencia. No sé si el miedo sea un demonio, pero sé que el miedo nos hace ver eso y más. Nos basta con ver lo desagradable que existe como alternativa. Pensar que podríamos sucumbir ante las atrocidades de lo que nos causa pánico, de lo que no hemos corroborado o de lo que sabemos no podemos hacer y necesitamos.
Lo que sé es que superando el miedo se madura. Se madura en muchos aspectos, pero el primer paso es quitarse el velo de la penumbra para poder ver a través de la infinita oscuridad. Citaba un libro “la oscuridad es suficiente luz”, y es que a través de la travesía de lo que nos ciega es como aprendemos a ver. Y cuando percibimos los primeros rayos de luz, entendemos que la tormenta está próxima a irse. Respiramos profundo, y a veces lloramos de felicidad.
El miedo es quitarse una máscara, como lo cité en el principio, ante ese espejo grisáceo. Vernos es lo que siempre nos ha costado más trabajo. Aceptar lo que somos es un miedo, porque tememos encontrar lo que no queremos. Y el primer punto es abrazar a ese miedo para que se apacigüe. Matar al miedo es matarnos, hacernos insensibles. El miedo es un vértigo, una incertidumbre, un algo lleno de espectros, de soledad, de remordimientos, de dolor, de tristeza, que es uno de nuestros lados más oscuros e intensos. Y a pesar que a través del miedo (y por el mismo miedo también) surgen algunas de las cosas más enfermas, no es menester suprimirlo, sino confrontarlo y domarlo.
El miedo hace al valiente y lo obliga a ser clarividente.
Después de todo, es una faceta del yo vs. yo.
A veces tengo miedo, todavía, y quizá es una cuestión que no necesita alardearse tanto. Pero si resulta frustrante imaginarse el tramo del camino entrando hacia un terreno que resultaría hórrido a la vista.
Sin embargo, y lo he comprobado de cierta forma, uno no debe esperarse las cosas; debe esperarse nada, y estar preparado para todo. Claro que no es fácil. Lo idóneo es construir ese camino.
Eso hago. Tengo miedo, pero es el mismo miedo que me orilla a enfrentarlo y unirme a él. Para que no me domine, sino para estar en armonía con él.
Lo que nunca se intenta es algo perdido en la penumbra. Y la penumbra es el miedo…
Buenas noches.
Atte: Diego Alan Vilchis Rocha
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